2. Cuando las chicas lideran...

Me balanceo en un banco inestable esperando que un grupo de mujeres se asome para un taller de salud que voy a dar.  Me pesa la cabeza, me siento un poco desmotivada y bajoneada pensando el cómo nada está claro para mí.   No entiendo español ni kichwa tanto como me gustaría, soy una extranjera y siempre lo seré. ¿Alguna vez me acoplaré? Respiro profundo y veo la casa comunal; un cuarto de adobe sin electricidad, restos de maíz apilados en la esquina, botellas de alcohol rotas y basura de la fiesta del fin de semana por toda la sala.  Me siento, espero, reflexiono, espero un poco más y vuelvo otra vez a pensar: ¿qué carajo hago aquí?

Un hombre viejo con un poncho de lana oscura y una trenza larga entra a la casa comunal y se me acerca con una botella de trago, me saluda de mano y habla rápido en kichwa. Asumo que me dice “bienvenida a la comunidad”. Hasta ahora,  no tengo idea de qué habrá dicho, tuve muchos momentos como ese cuando no tenía idea de lo que me decía la gente. Solo decidí confiar, a pesar de la barrera del idioma,   había un entendimiento universal de buenas intenciones y esfuerzos aun sin entendernos. Le saludo de mano, inclino mi cabeza y repito: “sí”o “yes”, y “claro”. Me encuentro usando la palabra “claro” por cientos de veces durante el día como respuesta instantánea a todo lo que no entendía. Irónicamente, nunca tuve realmente nada “claro”, era una reacción normal que salía de mi boca.  Nunca pude estar más perdida y poco clara mientras navegaba en esta experiencia transcultural. Sonrío, soy amable, soy yo misma, esperando que mi buena intensión se traduzca.

Reviso mi reloj y ahora ya espero 2 horas para que las mujeres asomen a mi taller sobre salud femenina: prevención de cáncer de mama y de cáncer cervical. Trabajé en avisos colorido hechos en español y los coloqué por toda la comunidad para que las mujeres sepan la fecha, hora y lugar de los siguientes talleres. Y empiezo a estornudar una y otra vez, y me limpio los ojos que me lagrimean por la cantidad de polvo en el ambiente. Un cuy y una gallina corren hacia mí y me paro, no estoy haciendo absolutamente nada, esperando y esperando más, haciendo nada. Quiero una agenda, un calendario, quiero sentirme productiva, quiero un propósito. Eso no está sucediendo, somos los tres, el cuy, la gallina y yo los que estamos listos para que hagan caldo con nosotros

Tan pronto como otro cuy se cola, regreso mi mirada y veo a una de las niñas de mi escuela recogiendo el cuy y se deja caer al lado mío. “Buenas tardes Dana.” Veo detrás de ella y encuentro a dos niñas de la escuela a quienes enseñaba (las mismas del blog “recuerda por qué empezaste.”) Sonrío. Ya no estoy más sola, gracias por venir, no tengo nada para enseñarte. Estas niñas han estado pisándome los talones desde el primer día, protegiéndome, formando esa pequeña barrera alrededor mío cuando caminamos. Riendo, hablando un minuto por cada milla y por lo general, quitándome el canguro de la cintura, discutiendo en kichwa quién lo usará en su cintura conforme caminamos a la comunidad. Cada vez que un hombre se me acercaba, el círculo que ellas formaban se cerraba de una forma protectora. Ellas hablaban muy serias y rápido en su idioma con estos hombres mayores,  yo no entendía qué pasaba, y solo terminaba diciendo uno de mis “claro”, pero sabía que las niñas me estaban protegiendo y me lo dejaban saber, “no te metas con nuestra Dana”. Recuerden que estas niñas tenían entre 9 y 12 años, pero tenían mucho coraje y fiereza, siempre me sorprendió lo tímidas y reservadas que podían ser hasta que alguien las sacaba de quicio. Cuando estornudaba y la cabeza me pesaba, oír sus risas era como un descongestionante para mí. Se alineaban frente a mí con sus cuadernos viejos, manchados de tierra, lápices rotos y su mejor atuendo, listas y ansiosas por aprender.

Yo sonrío, “Gracias niñas por venir pero espero a mujeres adultas para el taller, la información que tengo no es apropiada para niñas de su edad, son muy jóvenes.” Y otra vez empiezan con las risillas y más murmullos en kichwa, y se quedan pegadas, unidas por la cadera una al lado de la otra, como si fueran una sola. Después de muchos intentos fallidos, intentando que las mujeres adultas asomen, me rindo y les pido consejo a las niñas.

-       Chicas, ¿por qué no vienen las mujeres a mis talleres?

-       Bueno, Dana, es que ellas no saben español.

-       Oh, buen punto, ¡Debería hacer todos mis materiales en su lengua materna, kichwa! ¡Qué buena idea, muchas gracias!

Las niñas me vieron emocionada pero no dijeron más, y yo tampoco pregunté nada en especial.

Con gran entusiasmo, dupliqué la cantidad de material que iba a usar y hago mis avisos en kichwa, con la descripción de los cursos, fecha, hora y lugar con colores fosforescentes y los pego por toda la comunidad.

Una semana después, espero pacientemente a mis primeras participantes a que vengan y todas eran menores de 11 años; mis fabulosas cuatro. Sentadas en la primera fila de un banco roto, y los mismos cuadernos sucios y lápices listos para tomar notas; ellas estaban entusiasmadas de aprender acerca de la salud en la mujer. De nuevo, saludo a las chicas y les digo, “son más que bienvenidas de observar la clase pero es más apta para mujeres mayores y están a punto de llegar.” Las niñas ríen, de hecho, se ahogan en risas y continúan conversando en su lengua andina, murmurando, hablando rápido y esperan pacientemente. Pasan casi 45 minutos y aún no asoma nadie más. Estoy muy confundida, después de todos mis avisos y todos en kichwa. ¿Qué está sucediendo? Entonces, me senté, en otra banca y miré a las niñas y les pregunté:

-       ¿Por qué las mujeres no están aquí?

-       Bueno, Dana, ellas no sabían que darías clases hoy

-       ¿Cómo no iban a saber? Hice muchos letreros en kichwa porque me dijeron que no entienden español

-       Dana, es cierto, pero ellas no pueden leer español, y tampoco leen kichwa, ellas son analfabetas, no leen nada”

Y fue como una corriente eléctrica que pasaba por mi cuerpo, ahí estaba mi momento “¡AJÁ!”, y finalmente se encendió el foco.  Todos los “CLARO” que estaba usando, finalmente tuvieron sentido, no estaba clara, estaba viviendo en mi propio mundo, elucubrando y asumiendoque una y otra cosa sucederían. Amé ese momento; ese fue EL momento donde, después de meses de vivir en la tiniebla, finalmente la neblina estaba desapareciendo. ¡YA ENTENDÍ! Así que me tranquilizo y pregunto con amabilidad: “Bueno, ¿por qué no me dijeron que las mujeres no sabían leer?”

Nunca olvidaré la inocencia y pureza de una niña cuando me miró a los ojos y respondió: “¡Nunca preguntaste!”.

Y así fue, ella tenía razón, yo no pregunte. Yo pregunté por qué no venían, pregunté si entendían español y si entendían kichwa. Pero si no haces preguntas específicas, no tendrás respuestas específicas. Esta fue una gran lección para mí en ese momento. Luego, me paré del banco y me senté en el en el frío piso de cemento, al lado de las botellas rotas y las fundas de basura plástica frente a las niñas y pregunté: “¿Qué creen que debería hacer para que el mensaje sobre los talleres que doy llegue a las mujeres?” Las niñas me contemplaban viéndome hacia abajo y me respondieron: “Ah, eso es fácil, solo tienes que ir a las reuniones comunitarias los viernes en la noche, anúncialo y vendrán.”

Quien diría que cuando escuchas, pasan cosas increíbles…

Se me prende el foco; tengo una audiencia justo en mi nariz durante los últimos meses y las ignoraba sin tomarles en cuenta. Siempre tuve la visión de mi servicio en Cuerpo de Paz trabajando con adultos y ayudándoles a que salgan adelante juntos como comunidad para que mejoren su calidad de vida y la salud de su familia. Nunca me vi trabajando con niñas pequeñas, nunca me vino a la mente y tampoco el Cuerpo de Paz me lo pidió. Ya tenía estas cuatro niñas siguiéndome a todo lado desde el día 1, “queriendo trabajar conmigo” pero nunca me lo dijeron directamente. En la cultura donde crecí, las cosas son más obvias; la gente te dice cosas que quieren que sepas “en tu cara”, y aquí, no me daba cuenta de lo obvio. Y allí estaba mi momento de claridad, tenía una audiencia, tenía gente motivada, tenía estas calladas Warmis pequeñas, líderes en potencia. Tenía el futuro frente a mí y yo fui negligente. Yo las había ignorado; no las había tomado en serio hasta entonces, hasta que les dejé liderarme…

Sentada ahí, en mi pila de tierra, agradezco a las niñas por dejarme saber sobre la reunión comunitaria, les digo que iré a la siguiente reunión y les pregunto si alguna quisiera acompañarme y ayudarme con la traducción al kichwa. Las cuatro levantan sus manos y me dicen inmediatamente “yo, yo, ¡por favor yo!” Sonrío y les digo que “lo haremos juntas”. Y les explico: “continuaré tratando de trabajar con las mujeres pero tengo una nueva idea y ¿me gustarnía saber si chicas jóvenes quisieran que yo trabaje con ellas?” Lo siguiente que sucedió, fue que todas las formalidades se fueron al caño cuando las cuatro chicas empezaron a saltar y gritar en kichwa  emocionadas por la idea de tener su propia voluntaria del Cuerpo de Paz; una que dedique su tiempo y energía en trabajar con ellas el siguiente año y medio. Les pregunto, “¿es eso un sí?” y respondieron en su nativa lengua andina al unísono, “ARI”, ¡sí! En mi ignorancia de no hacer preguntas directas por tanto tiempo, decidí poner en práctica las nuevas habilidades aprendidas y les pregunto específicamente:

“¿Qué temas quisieran que yo trabaje con ustedes?” Y de pronto, empezaron con una cantidad de ideas que me volvieron loca. “Quisiéramos formar un grupo de jóvenes e involucrar a otras chicas porque cuando salimos de la escuela, ellas trabajan en el campo o no hacen nada en la casa. Ellas necesitan ayuda con los deberes, no les está yendo bien en clases. A algunos de los niños tampoco les va bien, no entienden español porque en sus casas solo hablan kichwa, no hay educación bilingüe (kichwa-español) aquí. También queremos limpiar la comunidad y hacer un club ecológico para reunirnos todas las semanas y aprender del ambiente, quisiéramos ir de caminata contigo y aprender de la naturaleza. Quisiéramos aprender arte y a hacer adornos, como siempre te vemos trabajando en eso, también queremos aprender. Queremos aprender de nutrición porque vemos que eres vegetariana y no gastas mucha plata en carne y queremos saber cómo comer saludable y ahorrar plata para las familias. Queremos saber de liderazgo, como tú decías que los talleres que podías hacer con las mujeres eran de liderazgo, y también queremos crecer como mujeres fuertes. También podemos aprender algo de inglés y a cambio te damos clases de kichwa? ¡Te prometemos también enseñarte las malas palabras! ¿Podemos aprender de la cultura pop de Estados Unidos? ¿Qué escuchan las chicas de nuestra edad? ¿Quién es el rapero Eminem y por qué es tan bravo? ¿Podemos saber cómo tienes tu pelo tan brillante?” Y la lista continuó y me quedé boquiabierta por la cantidad de trabajo que quedaba por delante con estas “emprendedoras” y la emoción, entusiasmo y electricidad que sentía en el aire. Estaba lista y ya no iba a hacer esto sola nunca más…

Estas pequeñas Warmis me enseñaron sobre la paciencia, a desacelerar el paso al ritmo de la comunidad y a hacer preguntas específicas cuando quisiera que los proyectos impacten a otros.

Antes de este día, no creía o pensaba que los niños podrían liderar a los adultos. No entendía la importancia de la participación de los niños en el desarrollo de comunidades fuertes y lo esenciales que son al momento de enseñar a los mayores. Desde ahí en adelante cambié mis nociones preconcebidas que probaron ser erróneas.

Ahora trabajo como directora interina en una organización del gobierno de Estados Unidos, y siempre vuelvo a la lección que mis cuatro fabulosas me enseñaron sobre hacer preguntas específicas y el no imponer mi agenda ni decir a otros a dónde tienen que ir. He sido capaz de hacer cosas increíbles con mi carrera con solo escuchar, hacer preguntas específicas, estar presente, hablar menos y decir más. En esencia, dejar que otros me lideren. Les doy el crédito de mis aprendizajes a estas pequeñas Warmis y sus consejos de aquella tarde sentada en aquella polvorienta casa comunal andina.