1. Recuerda por qué empezaste

Atravieso un largo y sinuoso camino de tierra jadeando por aire a 10 000 pies de altura. Este camino ubicado en las exuberantes montañas del norte de los Andes ecuatorianos me llevaba a la escuela rural donde fui asignada a trabajar como voluntaria del Cuerpo de Paz por los siguientes dos años de mi vida. Mientras jadeo por un respiro, me adentro en el pensamiento de ¿qué será lo que me esperará al final de este camino? y me repito a mí misma: recuerda por qué empezaste. Aunque pensé que estaba lista para comerme el mundo, pronto descubrí  que el universo tenía planes para mí…

A la escuela asisten exactamente 101 estudiantes desde laguardería al sexto grado. Cada clasetiene a todos los niños apiñados en un cuarto pequeño, falto de los recursos a los que uno estaría acostumbrado a encontrar en una nación más desarrollada. Llego y veo a los niños en fila, murmurando, susurrando y riendo. Las niñas son radiantes, sonríen y me ven como su hubiera aterrizado desde otro planeta.

Una mujer grande y robusta camina a paso ligero hacia mí, contoneando sus caderas y balanceando sus brazos para darme un gran abrazo. “Da-na (creo que ese es mi nombre), es un gusto conocerte y bienvenida a nuestra escuela”. Era Blanca, una directora de escuela veterana, cálida y amable conmigo aunque más tarde conocería su reputación maliciosa entre los niños y otros profesores.  Como profesora, ser ubicada en una escuela rural andina podía ser visto como un castigo. Los profesores con los que trabajé, todos soñaban con trabajar en las ostentosas escuelas de la ciudad. Mis cinco colegas maestros noestaban tan felices de haber sido enviados a esta pequeña escuela y de pronto, me encontré rodeada de un grupo de personas sin motivación ni entusiasmo de sus trabajos.

Blanca me pidió ser su inexistente profesora de inglés. Yo tuve que explicarle que aunque hablara inglés, no sabía cómo enseñarlo y que en verdad, ellos no me iban a querer como profesora de inglés. Yo le expliqué que el Cuerpo de Paz me indicó que estaría trabajando en la escuela capacitando en destrezas para la vidacon jóvenes, específicamente en áreas como autoestima, toma de decisiones, comunicación, salud y liderazgo. Pensé que debería haber algún error pues al compartir esto, Blanca en su escandalosa voz me dijo: “estos niños no se beneficiarán de ningún tipo de trabajo en liderazgo; no van a ningún lado, muchos de ellos ni siquiera pasarán del tercer grado”. Tomé un profundo respiro, mantuve la calma y asumí que estaba atravesando un momento de confusión por la traducción. No, ella no dijo que estos niños no iban a ningún lado. Yo tengo dos años, tengo tiempo, las cosas cambiarán y mantengo mis esperanzas…

Conozco a los otros profesores; Rodrigo huele a alcohol y tiene su mirada vidriosa, me saluda de mano y la sostiene por un momento prolongado, yo cortésmente la retiro. Al fondo, veo a los 101 pequeños alineados y los ecos de los murmullos y risas resuenan a través de las paredes de cemento. Blanca grita en voz alta y profunda “¡SILENCIO!”. Inmediatamente hay silencio. Wow, ¿cómo lo hizo? Ellos deben respetarla de verdad.  Más tarde aprendí que esa obediencia no viene del respeto sino del miedo. Blanca me lleva a su oficina y me entrega una regla/vara de madera.  Es pesada y mi brazo cae ligeramente cuando ella coloca la vara en mi mano.

-Gracias Blanca, esto me ayudará a diseñar mis clases; ¿tendré también materiales de papelería? ” Blanca ríe.

-No hay material, no tenemos dinero para eso y tendrás que ser creativa. La vara es para disciplinar a los niños.

- ¿Disciplinarlos cómo? Blanca se desata en carcajadas, sus cachetes blancos se tornaron rojos.

- Golpéalos si no se comportan, si son irrespetuosos o no participan.

Doy un paso atrás y pienso que esto debe ser una broma. Ella tuvo que hablar tan rápido en español que otra vez me perdí de lo que dijo.

- Blanca, ¿puedes repetir de nuevo y más despacio por favor? Y sí, lo comprendí correctamente desde la primera vez, y lo decía en serio, usa la vara para golpear a los niños si es necesario. Ella explica que los padres permiten a los profesores disciplinar a sus hijos a la fuerza cuando están en la escuela. Esto era ampliamente aceptado y promovido. ¿En qué me metí?, ¿qué estoy haciendo aquí?, ¿qué puedo hacer aquí?

¿Será que Blanca cree que esta pequeña hippie-chic haría eso? Si no usaba la regla, ¿sería mi ticket de vuelta sin retorno de la comunidad por no apegarme a sus reglas? ¿Sería conocida como la gringa que no pudo adaptarse y “aceptar” un abordaje diferente a aquel con el que fue criada?

Tomo la regla y voy a la clase de primer grado. Había 40 niños de entre 5 a 6 años saltando en sus asientos y cuando entro a la clase todos gritan al unísono “Buenos días señorita”. Tengo la regla en mis manos pero no estoy segura de dónde ponerla y solo la sostengo detrás de mi espalda con brazos cruzados para que nadie pueda notar la larga vara que apuntaba detrás en mi espalda y cabeza. Distingo a un pequeño niño, Humberto, con la boca llena de tostitos. Como una pequeña ardilla, tenía los cachetes rellenos de comida que intentaba masticar y tragar rápido ya que la regla número uno de la clase es no comer en clase. Los niños dicen en coro: “Humberto está comiendo en clase, traiga la regla”.  Por Dios, hasta los niños estaban convencidos de esta ley de la regla. Atravieso el salón y coloco la regla en la esquina. En español les explico que nunca usaré la regla y dejo que Humberto siga comiendo y disfrutando sus tostitos. Recibo miradas fijas y sé que tendré que rendir cuentas con la ira de Blanca luego.

No estaba muy segura de si mi estrategia de entrada fue un éxito en la escuela o si debería empacar y largarme corriendo cuesta abajo. Me lo vuelvo a repetir, recuerda por qué empezaste, recuérdalo.

El abuso estaba presente en todo lado, en la comunidad donde vivía, con las mujeres con quienes trabajaba, entre los niños de la escuela. Yo no sabía cómo evitarlo y me di cuenta de que no podía evitarlo, necesitaría tratarlo.  Usaría la educación, el respeto y el pensamiento crítico como herramientas para empoderar a los profesorescon formas alternativas de disciplinay enseñanza a los niños. Seguro gringa, ¡qué estupidez!, lo escucho en mi cabeza desde mi interior, fuerte y claro devolviéndome a la realidad. Estas son algunas de mis esperanzas poco realistas de mujer estadounidense viviendo en un país, cultura y entorno extranjero. Las cosas son así y ¿quién soy yo para venir aquí por 2 años pensando en que generaré algún impacto en las ideologías fuertemente arraigadas en los pobladores locales?

Yo me quedo durante el recreo, después del evento de la vara, y los 5 profesores se reúnen conmigo para darme una acogedora bienvenida (especialmente Rodrigo, ¡qué asco!) y me hacen 20 preguntas de entrada: “¿De dónde eres?, ¿Por qué de tan lejos?, ¿Por cuánto tiempo estarás en el país?, ¿Tienes novio?, ¿Por qué tus ojos y tu cabellos son castaños? Esperábamos ver a una rubia ojiazul y tienes los ojos y el cabello del color de una niña indígena, ¡qué pena!”. Las profesoras mujeres insisten en presentarme a sus sobrinos, primos, amigos de la familia y discuten sobre quién podría ser la mejor pareja para mí. Rodrigo no dice nada pero su sonrisa y mirada sobre mí continúa haciéndome sentir incómoda. Las profesoras siguen y me dicen que nunca debería salir con un hombre indígena, que ellos están muy por debajo de los americanos. “No nos gusta ver chicas americanas saliendo con estos chicos, los indígenas son tontos, sucios y pobres”.

Y aquí me encuentro otra vez, esperando estar en otro de esos momentos en los cuáles me pierdo por la mala traducción y esperando que no hayan dicho lo que dijeron. Empiezo a refutar y olvido que intento hablar y convencer a los mismos que me dieron la vara/regla de madera.

El mayor reto de mi servicio de voluntariado no fue el aprender 2 idiomas, no fue el extrañar mi casa, no fue la soledad, no fue el shock cultural, no fue el que la mayoría del tiempo me sintiera incapaz y tonta, mi mayor reto fue controlarme sobre lo que en realidad quería decir.

Nunca tuve problema en los Estados Unidos por hablar de lo que pensaba, en voz alta y en mi cabeza. Fui criada para preguntar, aclarar y comunicarme directamente. Yo estaba con la lengua amarrada, sin palabras, muda, sin que mis palabras salgan. Estoy en silencio, en la nada, en blanco. Tengo 24 años, llena de la pasión de querer hacer del mundo un lugar mejor y es necesario una palabra y una acción a la vez. El reto de estar siempre alerta, ser amable, y diplomática, estaba superando mis habilidades. Entonces, pude no haber dado el mensaje correcto como lo haría ahora a mis 42 pero di lo mejor de mí para redireccionarel desastre en un mensaje y luche con mi mal español, rezando para que me concedan unos cuantos puntos de perdón si hablaba a los profesores de mis puntos de vista sobre las conductas de abuso físico y verbal.

Di mi sermón a los maestros,  en conjunto con mis mejillas encendidas de rojo y manos sudorosas. Silencio completo. Pensé que la directora Blanca tomaría la regla y vendría atrás de mí o me echaría de la escuela.

Contemplo cinco miradas y fuera de foco veo a los niños detrás, corriendo y jugando, de modo perfecto y sincronizado. Escucho una carcajada histérica, me tiemblan las rodillas y me mantengo en silencio. Las carcajadas continúan y los maestros entran en un estado de histeria y empiezan a empujarse unos a otros con los hombros, jadeando por recuperar el aire que necesitan de tanto reírse de mí.  ¿Era yo acaso entretenimiento en vivo para ellos? Me siento como una idiota, una fracasada. No solo que no entendieron nada de lo que les dije sino que ahora se burlan de mí. Me siento derrotada, ¿Qué debo hacer ahora? Los cinco chiflados pasan de la risa incontenible a la seriedad reflexiva.  Hay miradas serias en sus caras y una voz profunda que dice: “Te adaptarás acá y verás que una vez que empieces a trabajar con estos niños tontos de que estamos en lo correcto; que son vagos y buenos para nada. Puedes irte si quieres pero nos gustaría que te quedes.”. Blanca dice entonces: “No me puedo imaginar hacer este trabajo de a gratis, tú eres una voluntaria, ni siquiera tienes un salario real, debes estar LOCA”.

Suspiro y me siento sola en mi torbellino de pensamientos mientras los profesores se paran y se marchan, Cuando los otros niños estaban jugando en su recreo, tres niñas pequeñas se escondían en una esquina y terminaron escuchando la conversación. Las veo y entro en pánico pensando en que escucharon toda esa terrible conversación.  No sabía qué decirles, no estaba preparada para tener “esa” discusión con niñas de 9 años sobre el malvado y terrible mundo en el que vivimos.  Me quedé sin palabras. Una de las niñas me mira y me dice en voz baja y dulce “Pagui” (gracias). Me quedo en silencio, no sale una palabra de mi boca. Estas niñas tímidas, quienes no suelen hacer contacto visual, me ven y brillan.  Escucho sus risitas que se convierten en carcajadas. Sacan un pequeño peine para cepillar mi cabello no rubio para desenredarlo y preguntar si lo pueden trenzar con el de ellas. Una de las niñas me dice lo feliz que es de saber que yo estaría enseñando en su escuela por los siguientes dos años, que le gustaría que uno de mis primeros proyectos sea enseñar a los profesores a actuar como humanos. Tan pronto como la otra niña hala mi cabello al otro lado para hacerme la otra trenza, me susurra al oído que aunque tengo mi trabajo predeterminado, ellas estarían ahí para ayudar y dar muchas ideas…

Tuvo muchos otros días en los que quise renunciar, huir y largarme de ese lugar. Temprano aquella mañana, cuando caminaba colina arriba por el sendero a la escuela, cuando me repetía “recuerda por qué empezaste”, recordé que había empezado este viaje por algunas razones; quería ser voluntaria, aprender, crecer, contribuir, viajar pero no tenía una razón específica para continuar. Después de ese día, la tuve. Hoy, 20 años más tarde, cuando necesito reflexionar profundamentey me encuentro en una situación difícil, aún me hago aquella pregunta, recuerda por qué empezaste, y las niñas vuelven a mi mente. Este “recuerda por qué empezaste” se volvió mi mantra que me sacó de esos dos años difíciles y me ayudó después en mi vida…