Todo comenzó en 1980 en el sendero de los Apalaches. Yo tenía seis años y estaba fascinada con la aventura, la exploración, plantear nuevos retos, los bosques, y por supuesto, seguir le el ritmo de mi hermano y sus amigos. Treinta y cinco años más tarde, me encuentro en circunstancias  similares – estando fuera de mi zona de confort, explorando  lo desconocido, embarcándome en nuevas aventuras, y aprendiendo lo que "puedo" hacer versus lo que "no puedo" hacer.

Sigo tratando de mantener estar al mismo ritmo que los hombres y mi obsesión por la aventura y la exploración sigue viva. A los siete años, era my coordinada y caminaba con un paso seguro .  No tenia esas inseguridades y la vida parecía fluir casi sin esfuerzo. Cuando se acercaba la primavera mi lado competitivo y aventuro salía de la hibernación y esto coincidía con el inicio  de la temporada de béisbol. No podía esperar para las pruebas para ver si podía formar parte de la nomina del equipo.

Yo nací con capacidades deportivas; Tuve la coordinación, determinación y rasgos competitivos. En aquel entonces, recuerdo que me llamaban un niño una “carishina” o marimacho.  No estaba seguro de lo que eso significaba, o lo que implicaba, pero recuerdo que era como la gente me describiría. También recuerdo el olor de mi guante de béisbol ya que para cuidarlo lo untaba con aceite para cuero y por las noches lo guardaba debajo mi cama.  Al escuchar a los grillos antes de dormir repasaba por mi mente una y otra vez cómo lanzar la pelota y me imaginaba como me acercaba cuando me tocaba ir a la basa para batear.

Después de la escuela jugábamos al béisbol contra una pared de ladrillo en nuestro patio de la escuela y durante los días de práctica le golpeaba la pelota durísimo y salía volando muy lejos. Yo era muy pequeña, una niña flaca que corría rápido y no tenía miedo de ensuciarse, de caerse o enfrentar al los niños. Yo creía que ser fuerte significaba ser  bonita.

Tenia el cabello muy liso y color cafe. Mi mamá me lo ponía en dos trenzas y lo enrollaba debajo de mi gorra de béisbol. Yo creía que si mis trenzas estaban metidas y escondidas debajo de la gorra podía engañar a todo el mundo de que yo era un niño y  los chicos no me molestarían. Ellos se burlaban de mí cada vez que me tocaba a batear gritaban, "es una niña" y  los que estaban en la cancha tomaban cinco pasos hacia adentro ya que asumían que yo no sería capaz de golpear la pelota muy lejos.

Al acercarme a batear me gustaba repetir mi mantra de el inicio de mi  infancia, “ todo lo que los niños pueden hacer las niñas lo pueden hacer mejor." Me gustaba respirar profundo, mantener la calma, el enfoque y pensar, "mantener la vista firme en la bola" todavía puedo visualizar ese  momento. Ese momento de conexión, ese momento en que todo se junta, ese momento en el que el bate golpea la pelota, ese momento en que mis trenzas se salían de debajo de mi gorra por que le golpe tan fuerte a la bola y de una salía corriendo a la primera base.  Y allí estaba corriendo alrededor de las bases, un home-run.

Para el final de la temporada yo ya estaba bateando en la cuarta posición y jugaba como shortstop y deje de esconder mi cabello debajo de mi gorra.  Los chicos aprendieron a respetar a la única niña en el equipo. Yo diría que eso es donde todo comenzó. Veinte años más tarde iba a conocer a mis cotejas  - las mujeres de mi pueblo en Ecuador: "Las Warmis” De estas mujeres fuertes aprendería sobre la verdadera garra, determinación, capacidad de recuperación, y sobre todo que uno nunca nunca, nunca hay que darse por vencido.

Abrazos,

Dana

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